Buenos Aires, 26 de octubre 2007
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Continuación Discurso de incorporación del Dr. Carlos Pedro Blaquier

 

Con esto quiero poner de manifiesto que el manejo empresarial exitoso, sobre todo en países como el nuestro, tiene mucho de fortuito. Por el contrario, en el capitalismo de los países centrales las decisiones empresarias se manejan con márgenes de incertidumbre mucho menores, lo que posibilita índices muy superiores de progreso.

Voy a cumplir medio siglo de trabajo en Ledesma S.A. y dentro de pocos meses 30 años como Presidente de su Directorio. Pues bien, durante casi 50 años de vida empresaria he visto sucumbir una gran cantidad de empresas argentinas, muchas de ellas bien concebidas y bien manejadas, que desaparecieron abatidas por esos cambios económicos fundamentales a los que nos tiene acostumbrados nuestro país. Por eso, estoy convencido de que mi éxito como empresario es en cierta medida producto del azar.

Si queremos progresar en serio tendremos que empezar a ser un país más previsible y más integrado. Nuestro desarrollo nacional está concentrado en unas pocas regiones, mientras que la mayor parte del interior del país vive prácticamente en las mismas condiciones de hace medio siglo. Por eso la Argentina es un país desintegrado, y por eso nuestro proclamado federalismo no pasa de ser una expresión de deseos, porque sin federalismo económico el federalismo político es una utopía.

Este tema está íntimamente relacionado con el fracaso de nuestro sistema impositivo, que no discrimina entre las zonas más pobres del país y las que tienen los más altos índices de desarrollo, y que además opera con niveles de evasión con los que no puede funcionar ninguna economía seria. Esto último se debe principalmente a la excesiva carga fiscal y a las complejidades y dificultades del sistema que lo han convertido en prácticamente incontrolable en un país de las características del nuestro. De ahí que en la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa he de poner mi empeño y mi apoyo para estudiar y promover un sistema impositivo simple, claro y fácilmente controlable por la autoridad fiscal; un sistema que tenga garantías de permanencia y que proteja al contribuyente contra las arbitrariedades de los funcionarios, y al fisco contra la evasión de los contribuyentes. Porque creo que si la Argentina no alienta y protege la inversión a través de una legislación fiscal adecuada, que contemple el fomento de las regiones más pobres, no podrá superar los males que la aquejan.

Lo que no significa que no haya otras rectificaciones de importancia que debamos hacer, como en el caso de la educación, la salud, la seguridad y la justicia, que aunque no son asuntos específicamente económicos su correcto funcionamiento es indispensable para asegurar la buena marcha del aparato productivo. De modo que, como puede verse, la vida de la empresa depende de un sinnúmero de factores cuyo manejo y coordinación es algo muy complejo.

El verdadero capitalismo actual es un producto muy sofisticado de la cultura, y de ahí las dificultades con que tropiezan los países en vías de desarrollo para alcanzar los niveles de productividad y bienestar que se dan en el capitalismo maduro de las naciones más avanzadas. Por eso, no debemos desfallecer en nuestra lucha por remover los obstáculos que dificultan nuestra real incorporación al primer mundo, lo que es una tarea difícil pero ineludible si es que no nos queremos resignar a vivir marginados de los beneficios del progreso.

Estamos en los albores de un mundo nuevo, esencialmente distinto de todo lo que nos precedió. El mundo de hoy se gestó hace menos de doscientos años. Napoleón, que fue coronado emperador a comienzos del siglo pasado, se transportaba a caballo y se iluminaba con fuego al igual que Julio César casi dos mil años antes. Por eso tenemos que ser conscientes de que estamos en los comienzos de una civilización científica en la que el avance tecnológico es cada vez más rápido y por eso es cada vez más grande la brecha que separa a los países centrales de los que viven en la periferia del progreso.

Este proceso de cambio acelerado ha puesto de manifiesto que el hombre es incapaz de lo definitivo; que todo lo que el hombre concibe y realiza contiene el germen de su propia obsolescencia; de modo que para poder sobrevivir al cambio hay que vivir adaptándose permanentemente a las nuevas circunstancias. Esta es la dura y compleja tarea del empresario actual para poder seguir avanzando en medio de las dificultades. En este sentido la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa tiene una función decisiva que cumplir.

No quiero terminar estas palabras sin expresar mi agradecimiento a la nueva generación de directivos de Ledesma S.A., todos ellos jóvenes universitarios entre los que se encuentran mis hijos, cuya tarea inteligente y eficaz ha contribuido grandemente a conservar incólume mi entusiasmo empresario a esta altura de mi vida.

Muchas gracias.

 

 

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